jueves, 20 de diciembre de 2007
Imago
todas las yerbas de luz y pecado.
Tu nombre quiero dentro,
tu nombre mártir
de heroínas ficticias,
tu nombre crecido y punzante
del averno al éter,
porque siendo todo el mal tengo a tu nombre sacro
que me maldice y se yergue
exculpando mis más dulces esperpentos
y estas miserias incontables que venero.
Noche para implorar
porque mis muertos estén
y remedien la helada,
porque hay cárcavas y señas infranqueables
de noche y de vos hasta el petitorio del fin
y el curso de un río áspero y quedo
mientras espero que tu exilio
(absurdo mismo)
bese esta horca glacial que adore
a los compartidos vástagos del mundo,
y te escriba la culpa de perseguirse
y hacerte un azar estricto,
una fuente,
un faro y el retazo de este escape,
la burla y el paso niño del sinsentido, o esto.
Y me aviento en el péndulo exacto
de esa voz doble,
en su bífida escaramuza me columpio.
Noche de sacrilegio,
un mimo infinito
nacido para la búsqueda
y que la farsa se parta
por el santo salivazo,
sumergimiento pleno de vos y de todos,
así espero tu aparición -o perfecta-
sin estarme ni asirte, nombre,
y el puerto anclado a esta calzada sorda.
(dcb)
miércoles, 28 de noviembre de 2007
Resuelto enigma
el sepulturero,
la fotografía,
si era pedir un encuentro
o asir una gota de mi sangre
en el más anónimo de tus tragos;
si por error no era más
que otra borrasca en la piel,
como tus siempre sobredosis
de cuerpos virados hacia otros
impunes misterios
como tantos cilios
en confidencias confesos,
o algo,
o nada sin tu mirar desde allá,
desde el altillo de tu viudez a carcajadas,
allá de vuelta,
con el partir de aquí y de eso.
Si era eso, apenas,
con un poco de albas,
un poco de celos,
si eras eso y nada más que vos;
el ápice de tu halo,
pero si no, hermano alado... ¿y, si no?
miércoles, 14 de noviembre de 2007
CANCIÓN PARA MI CIUDAD SIN ALICIA

hace tiempo que estas calles
no sentían tus pisadas
y ya no hablaban sus muros
ni de duendes ni de hadas
los libros quedaron quietos
las palabras apagadas
los latidos casi en vilo
esperando apenas nada
tu vieja amiga la radio
nos muestra /cuando hace magia/
como un restito de luna
tu voz de miel y nostalgia
hay un lugar
/tú lo sabes/
en donde bebió mi pena
junto a un hombro y un pañuelo
té de manzana y canela
no quiero sentirme triste
aunque el corazón reclama
porque el viento es engañoso
cuando se lleva a quien se ama
pero hoy llueve y hace frío
tu risa ya no acaricia
y se siente tan vacía
esta ciudad
sin ti
Alicia
Te quiero mucho
Lucre
domingo, 28 de octubre de 2007
sábado, 27 de octubre de 2007
¿Es contigo la muerte?
No te siento respirar,
tengo un párpado más abierto y algo
adentro se escurre
y me da la impresión,
sombra de tugurios,
de que merodeas mis uñas,
porque no puede ser de otro modo
que tengas tanto peso al lomo,
no de otra manera te percibo
lasciva y torpemente vieja
en la habitación,
no puedo explicármelo si no así,
con la luz agostada que se te rinde,
florida ya
y corona de ceibos y de nogales,
para que la violes,
inmisericorde,
ahí, donde la alfombra escupe cruces,
escapularios que hurgaron la lana
para quedarse lejos de los rayos,
lejos de todo crepúsculo
y de toda muerte.
¿Eres tú, tiempo extendido hasta la noche?
Desgarros que suenan te delatan
y el párpado atardecido,
su lágrima seca ya,
su pestaña huraña incrustada en las nubes,
todos míseros y cómicos,
todos baleados,
lienzos bajo las luces de tu ropaje,
estoicos gérmenes del aire,
del movimiento de tu zafra,
de la densidad de tu deslizamiento moreno
o de la espalda en tu viento.
¿Es contigo la muerte?
Es remedio de cántaros el nombre,
o polución de las cornisas
y vértice domado,
mientras el omnímodo gato se encoge
mientras la sensata lluvia se dobla...
no hay amasijo más ínfimo y sacro que tu sórdido andar
ni otro mejor sortilegio que tus manos,
tus manos abiertas
para acomodarnos el mundo o el instante;
te harán corte los espejos
y banquetes serán cicatrices
que una penumbra diera a luz,
viuda de segundos,
soplo, insurrecto jadeo constante.
(dcb)
martes, 16 de octubre de 2007
A viajar sin estrategias

Hay un viajante agazapado en su coraza,
escaparate de tela raída y desteñida,
casa, pregunta y cama;
vela, suicidio y ombligo...
Estábamos ahí dentro
íbamos alados, un vuelo tatuado
con las manos de revés en la espalda,
con un solo paraguas y dos aguaceros;
nada, ni siquiera el viaje era respuesta.
No me reconoció, ¡pero lo hizo tanto!
nos miramos
desde el sombrero del gran salto sobre el tiempo,
secreto, truco doblado de un silencio...
Hay una ruta delgada y perpetua,
querube perfumado de madera y lejanías,
todo lo vano es perfecto,
todo lo nimio es sagrado porque hay una puerta,
la corona cerrada de los colores ficticios,
la boca del ángel que habita mi pecho,
la hoja viuda de un árbol de mariposas,
la que decreta la búsqueda,
la condena al ósculo bendito por las nubes.
De los ojos un colibrí,
ahí dentro también,
con una carta, con un cuadro inundado
colgado de la pared de tela,
con un océano boca abajo y un lápiz;
una oscura lágrima pendía y era lámpara,
todo, dentro de la cueva vieja...
hasta el sol y los halos de sus areolas.
Nos propusimos colmar el tiempo,
llenar pasado y presente de contrahechos,
cunas y tumbas de tiernas bestias
hechas con el ligero abrazo
de cuando se sembró de plumas tornasoles
en el regazo del errante;
un circo de seres al borde del andar,
con sus malabares, con sus simientes y sus fauces
a la espera del caracol o del vientre.
Hay un viajante enterrado en misterios,
sus manos huelen ya a hierba de fábula,
al cuello del ave enredado y en paz,
amordazado por la saliva del sol,
fruta, desafío, rendición;
velo, palabra, calma.
(dcb)
martes, 9 de octubre de 2007
Ernesto Che Guevara

por el que tu mirada -esperaba- iba a asomarse,
¡Qué iluso!
¿Quién puede hacerte un retrato?
¿Dónde caben
el pan escaso, la selva invencible,
toda la mugre de los perseguidores, la medicina que se acaba,
la ruda verdad de las botas rotas,
el ideal cabalgando sobre el jamelgo flaco en que se convirtieron las razones?
¿Cómo cabes tú, cada día más duro y amoroso?
¿Cómo voy a hacerte un retrato, comandante?
No va nadie a dibujar tus rasgos trascendentes.
No hay ícono que te nombre aunque repita tu faz firme.
No hay contradicción del maldito mercado que pueda utilizarte aunque pretenda.
Ni la ignorancia de tu grandeza
ni la miope "obra" que imagina ensuciar tu huella
pueden desdibujarte, sin embargo.
Ahí estás viendo tras el velo de la historia más allá
no cabes en tu retrato.
Nos haces falta, Comandante,
que el dolor y el asco nos siguen perturbando,
quizá por eso te he buscado minuciosamente con mis trazos.
sábado, 15 de septiembre de 2007
Voz de calle
sobre una calle angosta y devuelta
por donde anduve solo
cuando mordías mi mano.
Yo llevo doblada la acera,
hacia adentro y en ristre,
para incentivar tu calma,
ahogada y musical parsimonia
debida a mi peregrinaje
y hosca con el viento...
Y el viento...
¿dónde va cuando no sopla?
¿dónde se esconde el viento
para anunciar temblores?
Lo que pesa se levanta
y la mano herida salta
y se hace barco de papel
o araña que persigue,
quiebramuros de hambre.
Almas de piedra que son rastros,
olores de antaño,
avispas en vuelo quieto
con alas que llaman
así como banderas,
así como palmeras
y después atrapan.
Te voy a matar
desde la silla de la ameba.
Te voy a agotar,
te tragaré rayando tus sequías,
te enfermaré,
a punta de pie
o de empedrados cuerpos rotos,
asilados en tus costas de orina,
camas de crueles témpanos,
lechos de basura que dicen tu grandeza...
¿El fin de la calle?
la lluvia se la lleva cual suspiro
subida en su lomo de plata,
mancha de piedras redondas
y la monstruosa ciudad callada
se descalza de nuevo.
(dcb)
miércoles, 12 de septiembre de 2007
Hay...
que solo se me ocurre batir las alas para espantar al público
y pensarme
canto en flecos
silencio desafinado
pluma apacible en medio de la ráfaga
(fja)
martes, 11 de septiembre de 2007
...o devolverse como pergamino perezoso
de regreso…
recolectar mariposas
...o devolverse como pergamino perezoso
hacia las tumbas olvidadas por ahí,
en los laberintos memorables,
en los vericuetos de las canas
que esconden los momentos sin tiempo,
los de los niños,
los árboles antediluvianos
abalanzados sobre los juguetes,
o las lagunas del norte y sus miedos;
todo en trance permanente,
en el afán de voltear las noches
para verlas entrañables
madres de las soledades gentiles,
del repliegue del caracol
agazapado en memorias ajenas,
escribiente de pasos hundidos
en guápulo, en ibarra, en el aire,
en el chaquiñán hacia adentro
donde quedan las certezas
y donde hay -como rosales-
matas llenas de angustias y promesas...
siempre vueltas viudas de relojes,
pero anclas de los ritmos,
de la música que hace olvidos
contra cuya bandera me ando
con esos apetitos conocidos,
esas sedes de viento y leña,
esas de café...
la espera es la mayor pena,
pugna amarga por la paz.
¡si nos anduviéramos circulares!
¡qué camino sería el recuerdo
si nos anduviéramos circulares!
(dcb)
domingo, 26 de agosto de 2007
Gentil frío de Baires
Hembra vieja aliento madera,
promesa de cama improvisada,
trenzas tuyas se descuelgan
de tu cielo al comedor de los misterios,
¿o lluvia de filos callados?
pieles nevadas terciopelos,
mirar de vino tinto y sangre
o caricia viva
o solo silencio
o talvez espera, solo...
Ancla en el tiempo único
que jura en nombre del sol
y bienviene mi paso,
acoge el éxodo final
que decidió mi ser devuelto
casi del espanto y del vacío
hasta el latido amargo
de un buen tango.
(dcb)
Vos
Sombras sobre la pared,
aromas enlazados,
promiscuos vahos invisibles,
perseguidores del anís
de una apariencia ilusoria,
como si del espectro más distante se tratara,
como el éter,
como el humo que danza hacia adentro
o como una niña
que atraviesa una puerta
por debajo
y, al cruzar,
del otro lado,
mira su sombra gigante
proyectada sobre el cielo
que es tu mano o la mía
o la nuestra,
la de todos, la de nada,
la que cosecha de su techo
un millón de granos de anís
y después es ilusión.
(dcb)
martes, 31 de julio de 2007
Homenaje a la poesía que calló

Mientras el doctor Dios
Caminé desnuda en el paraíso
Adán que solo existía
Olvidamos todo
miércoles, 18 de julio de 2007
Culto

Las pocas veces que eso sucedía, sonaban una guitarra, un acordeón o el piano negro de pared, una sucesión de figuras armónicas parecidas a la música oriental china, aunque, casi al final, eran más distinguibles los ritmos y melodías andinos, lastimeros y pendencieros, que orbitaban el tumbado, las paredes y las cortinas amarillentas de tanta nicotina.
Llevaba sembrados sus anteojos sobre la nariz día y noche. Esperaba ver algún día, sobre la pared principal de la biblioteca, un retrato suyo en el cual su barba abundante, matizada con estelas cenicientas, tuviera más vida que las ideas, que yacían detrás de una melena cada vez menos profusa. Ese vértice de su rostro era una señal resignada a ser lecho perenne de los cristales con que miraba la vida.
Tomaba entre sus cuatro más largos dedos de la mano derecha la canastilla de una pipa que siempre apestó a sabiduría enterrada en la hierba vieja de tabaco negro que se incineraba, una y otra vez, en su fondo, vientre de madera. A su lado reposaba el ron, a veces dentro de un vaso, a veces dentro de una botella regordeta que no se parecía al cuerpo de una mujer, como todas las botellas de buen licor, sino que lucía, más bien, como un maremoto cansado, añejo y delirante. El resto carcomía las vísceras enrojecidas de su cuerpo casi obeso, desgarbado en el afán de explicarse los errores crasos de los hombres sin barba que gobernaban los imperios.
Adentro se agitaba un océano de secretos, porque el hombre de la barba era una ballena ermitaña que toda la vida quiso tragarse a sus críos y a sus parejas para sentirlos creación suya. Enamoraba a sus hembras adultas y a las que engendró; las condenaba a la soledad eterna. Pervertía a los machos al hablarles de la perfección divina de la razón, y confundía sus deseos con el amor griego.
Hablaba otro lenguaje y por eso se hizo dueño y dios, sin darse cuenta de en qué momento sucedió su ascensión; porque era un ser incomprensible, un enigma postrado en el miserable trono del mundo que era su sofá. Y, como todo misterio fecunda miedos, y todo miedo hace dioses, se quedó lejos de todos los suyos, retorciéndoles cada recuerdo y cada afán de justicia con su moral extranjera. Todos lo creían cerca, practicaban sus enseñanzas de olvidar lo convenido y recordar lo que no doliera.
viernes, 15 de junio de 2007
Mudanza
Hoy decidí mudarme
y conmigo se mudarán otros,
como los sumideros de silencios
y los tráfagos y mi víscera
Se mudarán las marcas de mis dedos,
los cilios de mis miedos,
la lámpara del primer desliz,
el año pasado,
el beso muerto en un instante;
el veneno del proceso se mudará de espacio,
se secará en la copa de esta torre erguida sobre las ruinas de mi exilio,
se arrugará y florecerá dos hálitos violáceos disparados hacia toda la tierra.
Me despellejaré
del tiempo al viento
sin prisa de ver ni de ir
sino de empacarme, desempolvarme,
arruinarme la seguridad de mis pasos y la de mis tartamudos sueños,
dar una manita de gato a la luz de las mañanas
y recoger los restos de uñas de las paredes,
de las almohadas,
recoger cada vestigio de sombras madrugadoras
y todos los nombres, todas las sales,
los gemidos y el arroz con pintas verdes;
envolver en papel de plumas los telones
de bolsillo roto para husmear en el olimpo,
apilar el verbo y refundirlo en un aguacero sordo,
amasar la piel hasta el desvanecimiento.
Hay tantas cajas de cartón en las esquinas,
llenas de horizontes quebradizos,
llenas de voces amigas y otras canciones
que caben en mi solsticio eterno
de gritos para ser hilvanados,
de tuertos crímenes perfectos de criminales australes,
míos, nuestros, vuestros;
cajas de cáscaras también,
cáscaras de humo degollado en el lavabo,
duendes cantantes habitantes del número siete,
hambrientos, peregrinos amantes de todo vértigo,
míos y solamente míos como si de criaturas dijera su génesis
y me los comiera con ansias famélicas hasta el letargo,
hasta encarnar en sus espíritus y verlos volar
metidos en esas cajas vacías,
en mis células perfumadas con el aroma de sus miramientos
hasta vestirme de sus pieles y desescamarme de mendicidades minusválidas
que ya no peinan las olas ni rezan la espuma que me hizo fuerte.
Seres míos que dejaron sus lágrimas en dibujos sobre esta jaula,
que se quitaron las togas que caían del sol
y anochecieron y atardecieron y amanecieron así de desnudos,
con la hoja de parra del poema,
con la visita de los clavos en el pecho
y un trago de uva para asentar arenas,
para sedarnos como parte de la terapia grupal,
para pintarnos las bocas de palabras,
de cama, sí. De canas.
Mudarme porque he visto harapienta una huella mía
al subirme al muslo bohemio de cada buenos días;
mudarme por el hastío de respirar igual,
de aspirar por los poros del vacío,
de amagar un vórtice agazapado
en crisálidas perpetuas,
en el debajo que no tiene mi lecho.
Mudarme por vicio,
mudarme con las manos en alto,
con las alas lésbicas y con espanto,
de la mano de todos y ensartando adioses,
siempre adioses, siempre comienzos y horquillas
donde quemar monigotes y jubilar guitarras de combate;
mudarme de sangre, que es lo que importa
(de vez en cuando),
cuando hay hacia el centro un horno
donde el hollín se vuelve esfera anaranjada,
donde incineran a los anillos de la vida
y así van junto a los surcos,
labrando el espiral,
colmándolo de aguas herbales,
de juncos y flores con ínfulas de jazz.
Degüello múltiple es esta mudanza,
la decapitación de los recuerdos a pesar de la coraza,
del verdugo de la higuera
o del semillero de versos,
de hermanos, de camaradas,
mariposas de menos de un día.
He decidido esta mudanza
y conmigo se mudarán otros,
aprendices de andarse en andrajos,
los que acaso han vuelto al parnaso,
quienes tuvieron sexo con el ombligo de la creación,
los parapetos del mundo,
devotos al uno de la verdad,
al uno del origen.
Los unos, los otros,
nosotros, los yoes...
Mis bosques se mudarán
a un pedazo de capullo,
a uno de sus hilos amarillos,
allá donde todos
tejemos nueva casa.
jueves, 7 de junio de 2007
Trovadores ecuatorianos en el Encuentro Canción Necesaria en Cuba
Fabián Jarrín en el concierto de cierre de Canción Necesaria en Casa de las Américas

Hugo Idrovo en el concierto de apertura en Casa de las Américas
viernes, 30 de marzo de 2007
EL WASHO
me recuerda el evangelio
por eso de
"si no os hacéis como niños..."
/y no solo por su tamaño/
yo sé
que el mundo cruel por el que caminamos
no se da abasto para la ternura
y tiene miedo
de llegar tarde
a cualquier parte
pero él trabaja
/entre otros mil oficios/
como ángel de la guarda
de dos pequeños rubios
y de ojazos azules
de repente aparece
alegre
luchador sin cuartel
de todas las batallas de la supervivencia
el washo
canta a veces como una catedral
en medio del silencio
o nos despierta versos ya olvidados
como los sustos o las madrugadas
suele llegar
hay días que temeroso
y en otros atrevido
sin aspavientos
poses de "yo soy..."
y sin formalidades de cartón
apenas
un amigo
/de esos que nunca dejan la memoria/
que tú
que yo
y que todos
quisiéramos tener
alguna vez
L. M.
lunes, 26 de marzo de 2007
Rabo de paja corazón

Es conocido que algunas lenguas habladas entre los pueblos amazónicos tienen palabras distintas para nombrar cada una de las tonalidades del gran color verde que les rodea, no nuestros limitados verde claro, oscuro, verde botella, verde limón, viejo verde...
Y entre los indígenas orientales no hay dificultad para identificar sin equívocos a las partes de la naturaleza que lucen este color, estos colores.
Y esta convención nos dice dos cosas: primero, que la palabra es capaz de modelar sus significados de acuerdo con la necesidad humana, tanto sensorial como sentimental. Y segundo, que el lenguaje es una clara muestra de cuán abiertos tenemos los ojos del cuerpo y los otros, esos que Washo Flores parece tenerlos, no solo bien abiertos, sino además sin párpados, como para no perderse un segundo de lo que sucede frente a ellos.
En la selva queda aún tiempo para nombrar y distinguir lo que se ve, mientras que los seres urbanos no siempre creemos siquiera que existe la posibilidad de nombrar más allá de lo que ya se ha nombrado. Por suerte quedan algunos extraños duendes que temen ir a dormir por las noches porque saben que corren el riesgo de perderse algo maravilloso que puede pasar durante la vigilia. Al Washo le pasa eso. Hace días juraba que la poesía se le mezclaba con el aire, con una canción de Caetano, con las preguntas de su pequeño hijo, también llamado Caetano, o en una botella de aguardiente.
En una de las tantas noches de bohe-mía, le escuchaba divagar con un apasionamiento que no he visto en otros, y supe que ese instante no podía desvanecerse en el aire como cualquier poesía. Mientras a él se le nublaban los ojos con lágrimas facilitas, empecé a escribir apurado lo que decía. “Esta botella es mi himno, la poesía es mi himno, mi himno son mis hijos, las calles, mi Vallejo...”. Eso decía...
Y así me hacía sospechar que si hay guardianes sucesores de la palabra de la calle, como Héctor Cisneros o ese Vallejito querido, el Washo es uno de ellos, quizás el más consecuente que conozco.
Pero las sospechas se confirmaron cuando terminé de leer Rabo de paja corazón. Entonces supe que el intento de entenderle, de conocerle al Washo, es infructuoso, que hacía falta esperar este retrato suyo y reconocerse en él pero también ver a este trovador vuelto palabra, leerlo y vivirlo.
Este tiene que ser un goce compartido, y lo es desde que Washo Flores empezó a contar que la ternura es una revolucionaria, cuando sus trances develan sus poesías desnudas de cualquier maquillaje, cuando nos recuerda que el lenguaje no se hace en otro lugar que no sean las calles.
Si las calles quiteñas hablaran, dirían lo que dice este libro. Si estamos aquí para conocer algo más de este juglar con el corazón siempre asomado al borde del abismo, hay que abrir las páginas de un poeta de la calle, de este poeta, que nos regala al niño que no quiere dejar de ser, con todo y sus geniales coqueteos al amor, pero a ese amor que parecía haberse quedado en los insomnios y en la soledad más cariñosa.
En fin, quien quiera saber cómo es este ser humano-urbano llamado Washo Flores, quien quiera comprobar que alguien continúa nombrando a los colores de la vida caprichosamente, tiene que aventurarse en el laberinto de estas páginas. Ahí está él, completito.
miércoles, 21 de febrero de 2007
Un shabbat con Lemed
Sientes cómo la energía fluye libremente, te enredas en una sábana de cristal, corres, subes, bajas; seres pintorescos adornan tu cabeza con flores. De una cortina bajas las gradas de la historia y embrujo que se van juntando en un espacio cual si fueses un gnomo en un cuento de hadas; desde la ventana veo a los títeres de Indonesia cuando ella sonríe con sus ojos puros como el cabello de un tierno clavel, mientras tomas un bocado de vodka en una copa adornada con piedras de los Illinizas y caracoles de ojos azules.
El viernes ya no es más un día cualquiera…es un shabbat con ella, el que empieza cuando el sol se oculta. Una aureola de misterio nos trae a Lemed, letra del alfabeto hebreo que significa “aprender”; para mí, es aprender a pintar ocasos y destellos de permanencia absoluta en un espacio enjaulado en destrozos, aprender a amar. Techos de hojalata tiemblan ante vos, las hormigas, las diosas abejas; los malignos tumores de la sociedad se arrodillan para ti, el sol se seca, las lágrimas iluminando tu cuarto, tu refugio lleno de pinturas abstractas y concretas como las fichas de aquel ajedrez del ogro cuando las consiguió para no morir.Luces de nocturnidad, retazos completos de tu armonía, ahora con el humo juegas, das tu seno a tus hijos en la galería de la concretización perfecta.
Cuando el sol se vuelve a ocultar se desdibuja otra noche entre tus amadas ilusiones
(Tú……. La reina de un mundo abstracto)
Elsye Suquilanda.
(Tomado del libro Nalgas.)
lunes, 5 de febrero de 2007
CONTROVERSIVOS
La CCE , en esta ocasión ha comenzado a trabajar brindando espacio a los trovadores ecuatorianos de forma limitada pero visible, como nunca antes lo ha hecho, lo cual ya es digno de aplauso.

Algunos medios de comunicación han respondido de forma entusiasta a la solicitud de difusión de estos recitales, muchos no, sin embargo seguimos adelante y hay un público importante, sensible y evidentemente, selectivo en sus preferencias, que sustenta nuestra presencia en los escenarios.
Gracias a ellos y también a quienes se aproximan a nuestra obra a través de este medio.
Nuestros compañeros Washo Flores y Fabián Jarrín tuvieron actuaciones inolvidables en estos dos conciertos y esperan que en los venideros la respuesta del público sea tan alentadora como en ellos para con los artistas que vendrán. El 14 de Febrero estarán en escena el conocido actor y cantautor quiteño Juan Carlos Terán, Fernando Paredes (Trovador ecuatoriano residente en Méjico) y el joven cantautor Wladimir Pozo.
Para esa fecha Washo y Fabián estarán junto con Diego Sojo (Costarica) y Fernando Aramís (Cuba) en un concierto en Guaranda, invitados por la CCE núcleo de Bolivar.
Invitamos a quienes aún no tenemos el gusto de conocer y que cultivan la canción de autor en provincias a que se comuniquen y nos permitan nutrir con sus datos nuestro trabajo investigativo asi como a unirse a la Red Trova Ecuador.
martes, 9 de enero de 2007
CANTAUTORES, TROVADORES, CANCIÓN DE AUTOR?
Parece ser que los cantautores son esos que hacen canciones y las interpretan, no más.Pero si uno enfoca mejor el lente encuentra que entre ellos hay quienes se expresan a través del rock, la cumbia, el pasillo, el son, la canción romántica ...una gran variedad de géneros.
Es decir, que dentro de todas esas expresiones, cantautores y cantautoras, caben muchas actitudes y maneras de entender la creación, la difusión, la canción misma, el discurso que la acompaña y que la contextualiza.
Ocurre que hay quien no tiene el más mínimo pudor frente a servir con sus canciones a una convocatoria de reclutamiento militar, otro que se suma a una campaña comercial de un producto cualquiera, quien apoya la abolición del trabajo infantil, quien trabaja con su canción por la objeción de conciencia (al servicio militar obligatorio), quien –como ayuda a la aceptación de sus canciones por parte del público en actuaciones en directo- no pone reparo en interpretar canciones de otros junto con la suyas, quien exclusivamente interpreta en vivo sus composiciones, etc., etc....
El panorama es también muy extenso cuando de la estética asumida se trata. En lo que atañe al aspecto musical: está el purista en un género, está quien encara un trabajo experimental, quien trabaja en la fusión seria y estudiada (normalmente al alcance solo de aquellos escasos que cuentan con una formación académica sólida), quienes hacen una mixtura a la que llaman fusión -por moda, por comodidad, por ignorancia....-, están quienes consideran que en los tiempos que corren debe hacerse uso de los medios tecnológicos disponibles -cuanto más mejor-, están quienes piensan lo contrario, hay quienes asumen una actitud en la línea contestataria de los minimalistas de fines de los 60´s, están quienes visten a su canción de arreglos muy elaborados y quienes van por lo más simple, quienes presentan su trabajo acompañados de banda y hasta de una filarmónica y quienes lo hacen solo con un ukulele. Hay quienes afrontan la labor de búsqueda asumiendo los riesgos de nuevas armonías y juegos rítmicos, los que se aventuran al trabajo en el sonido de sus grabaciones en el intento de lograr una expresión más suya, quienes se lo dejan todo a quien hace la mezcla y la masterización, quienes cuidan su sonido y presencia en escena y quienes no hacen caso a esos ”detalles” (más allá de que posean o no un aparataje técnico y un contingente humano que pudiera encargarse de eso), quienes ponen especial cuidado en la tímbrica empleada, en su voz y en la expresividad más que en la técnica pulida, quienes con mayor o menor conocimiento de causa hacen uso de las técnicas por las que se aventuraron creadores de otros tiempos y latitudes, quienes asumen posturas estéticas marcadas por la tradición y están también los otros, los iconoclastas, entre quienes también nos topamos con exponentes serios y con numerosos inconsistentes...
Cuando llega el momento de notar diferencias en lo que hacen los cantautores con la forma y el contenido de las letras de sus canciones, los contrastes definitivamente se hacen muy, pero muy notorios. Están a la vista los “trabajos” de los grandes vendedores de discos que nos hacen pensar perniciosamente que el gran público prefiere un lenguaje que tiene su estándar en expresiones mil veces repetidas, sin ingenio, sin esfuerzo alguno para ponerle el sello personal, uniformadas por un léxico asombrosamente limitado, que no conoce las riquezas de las expresiones locales o regionales en las que las culturas se ven reflejadas, un lenguaje que como los “malls” de las grandes ciudades, luce igual en una o en otra, no importa en qué país, no importa lo que pase fuera. La arrolladora mayoría de cantautores, lastimosamente, cabe en esta pobre categoría, que paradójicamente es la mejor pagada, por más difundida. Y digo lastimosamente, porque el grueso del público, a fuerza de escuchar repetidamente en una y otra emisora o estación de televisión esas canciones con sus exponentes, termina creyendo que es todo lo que hay, o que es lo más digno de oírse porque es lo más vendido. La temática frecuentemente tocada en esa canción vendedora, supongo que porque a todos nos pasa y esto garantiza la llegada y cuesta menos esfuerzo, es la relación de pareja y sus aledaños: la ilusión, el encandilamiento, el desencanto, la “traición”, los recuerdos.... tratados más o menos a la misma temperatura, y, ojalá, con condimentos que se encuentren en el supermercado. Cada vez más, (y sin saber que no es novedoso desde hace unas cuantas décadas), se aborda lo sexual, más como accidente atractivo que como tema, con la ligereza que este tipo de comida rápida precisa.Hay felizmente otros registros en los que se mueven los cantautores, esos que se aventuran al lenguaje de las calles, de los barrios, de los pueblos, esos que saben lo que pasa más allá de los dominios del centro comercial y sus devotos, más allá del cliché. Unos más, otros menos elaborados; unos más, otros menos ilustrados.
Es necesario decir que no es denominador común el uso de un léxico muy rico, de estructuras complejas, ni necesariamente de un lenguaje poético en este grupo.
Su rasgo distintivo: la visión personal de la realidad, la valoración de las particularidades, la necesidad de decir algo y de tener qué decir. Cantores populares la mayoría, con temáticas que bien pueden abordar lo romántico, lo político, la cotidianidad más doméstica, pero también lo de interés público o comunitario, frecuentemente urbano. Su tratamiento: usualmente más pausado, menos repetitivo, a veces haciendo uso del humor, de la ironía, de imágenes sugerentes... Con un poco de suerte algunos de estos logran vender bien sin necesariamente venderse, y nos dan motivos para la esperanza.
Dentro de estos últimos hay autores y autoras que se diferencian marcadamente de los demás dada su postura estética en lo musical, en sus letras, sus contenidos, en la actitud que acompaña su obra y sus presentaciones, en el riesgo asumido en la búsqueda de su voz. En una palabra en lo que dicen y en la manera cómo lo dicen, que se revela tan particularmente suya. Lo que se ha dado en llamar canción de texto (España años 70´s) o canción de autor, se puede identificar en ellos. De quienes hemos hablado de manera general en los párrafos anteriores sobran ejemplos y resulta ocioso citarlos; de estos últimos, puede ser hasta ilustrativo nombrar a algunos importantes, pues lastimosamente no son difundidos por los medios sino en honrosos y excepcionales casos y quien lee este artículo, si no es un conocedor bien podrá aproximarse a sus obras a partir de sus nombres. Apenas nombrados aquí de manera poco rigurosa, no podemos olvidar a los pilares fundamentales de la canción de autor contemporánea quienes mostraron su obra desde apenas transitados los años 50´s del siglo pasado: Georges Brassens, JaquesBrel, Bob Dylan, Leonard Cohen, Chico Buarque… Quienes influidos por ellos y en su propio terreno se constituyeron en verdaderos clásicos: Luis Eduardo Aute, Luis Llac, Joan Manuel Serrat, Daniel Viglietti, Caetano Veloso, Gilberto Gil, Silvio Rodríguez, Victor Jara, Noé Nicola, etc..
A su vez esta “segunda generación” de grandes cultores de la canción de autor se constituyó como referente de cantores contemporáneos notorios, aún en estos tiempos frecuentemente impermeables a la canción de contenido, entre quienes se me ocurre nombrar a Pedro Guerra, Ismael Serrano, Alejandro Filio, Hugo Moraga, Carlos Varela, Jeff Buckley, Damien Rice, Zeca Baleiro, Francisco Villa, Frank Delgado, Chico César, Jorge Drexler…

La lista podría alargarse y llegar a nombrar a autores latinoamericanos y dentro de ellos a algunos ecuatorianos que realizan sus búsquedas y sus encuentros en esta línea actualmente, pero, no es el punto. Si lo es, sin embargo sugerir que el lector que se ha aproximado poco a estos cantores, así como el gran (léase numeroso) público que no ha tenido ocasión de conocerlos, se permita el placer de escucharlos detenidamente, por lo menos a algunos de ellos, y que pueda constatar el gran contraste, la enorme distancia, entre su obra y la de quienes perpetran cosas urdidas como producto identificado como rentable en los estudios de mercado, de ese alud de -como dice Filio- “cantores populistas, rimadores de sobras”, que tan Arjonamente pretenden entrar en el mercado, llamándose también cantautores.
Fabián Jarrín
miércoles, 1 de noviembre de 2006
Crónicas, cuentos y relatos
Se echó a correr por el pasillo del piso siete y detrás de sí dejó las puertas abiertas bamboleándose y cantando el quejido del óxido. Con el mismo índice de su mano temblorosa apretó el botón para llamar al ascensor. La espera se prolongó por un minuto sin segundos ni tic tac y las lucecitas numeradas que le separaban de esa cabina de metal se volvieron caprichosas y crueles. Durante esa eternidad se le heló el cogote y se le amortiguaron los brazos. No era ya posible controlar ningún movimiento, ninguno de sus miembros respondía las órdenes caóticas de su cerebro. Nadie salió de los apartamentos vecinos.
Apretó con insistencia el botón como si así pudiera lograr que el ascensor llegara más pronto. El chillido de la última puerta que dejó abierta permanecía en el ambiente, vivo, irónico. La tercera luz se encendió con pereza y se apagó con esa misma pereza. La cuarta se apuró y atropelló a la quinta, le hizo parpadear y ya sus dedos casi paralizados no eran capaces de oprimir el pequeño círculo con precisión. Esperaba que nadie estuviera dentro cuando se abrieran las puertas gemelas. Sabía que su apariencia podría exaltar a cualquiera, no cabría duda de que fue él el responsable del disparo; sentía que sus labios estaban vencidos por la gravedad y que sus ojos abiertos se clavarían incisivos en cualquiera que lo mirara, y eso lo delataría, sin dudas. La sexta luz pareció comprender su desesperación y se apagó enseguida.
Se iluminó la séptima. Las puertas descargaron un ruido de chatarra que lo ensordeció. Se movieron y sin que terminaran de abrirse, escurrió sus pies y éstos remolcaron el resto de su cuerpo hacia adentro del elevador. El corpulento forense, en primer plano, salió con prisa. Él evitó mirar a los ojos del oficial y se arrinconó en una esquina de la celda que por fin lo llevaría al subsuelo, y mientras las portezuelas se cerraban, dejándolo solo dentro de ese sarcófago, vio cómo se alejaban también su mujer y su madre sin reconocerlo ni percatarse de su verdadera huida.
La pequeña Anahí desmenuza entre sus manos las galletitas que le da su abuela, y arroja las migas a su alrededor para atraer a las palomas de la Plaza de San Francisco. A sus tres años, ese era el sueño de su vida.
Hay una paloma blanca que no se aparta de los pies de la abuela. Un perro callejero no espanta a la bandada, lame los restos de migas que quedan sobre el empedrado. Un niño sí las espanta, las corretea absorto por su bullicioso aleteo; hay fotógrafos, vivanderas, mendigos... Fotógrafos. Hay escenas esperando ser detenidas por las cajas oscuras que portan aquellos raptores de momentos.
Juan Lucero Gutiérrez es uno de ellos desde hace más de medio siglo. Hace siete años trabaja en el atrio de Cantuña. Nació en 1943, en Mulalillo, una de las parroquias más pobres de la provincia de Cotopaxi, y desde 1950 recorrió el país con una cámara entre sus manos. Prefiere las escenas en la Plaza de Santo Domingo o entre el vuelo de los cientos de palomas que pueblan el atrio. "A veces también me llaman los vecinos para hacerles fotos de un asalto o de un robo de un carro", confiesa.
Donde más tiempo estuvo Lucero fue en Esmeraldas: siete años, hasta que decidió trasladarse a la capital y quedarse. De su abarrotada billetera extrae un documento de reciente emisión que lo acredita como el socio 392 del Círculo de Fotógrafos del Ecuador. "Tuve que inscribirme al apuro y por eso salí en la foto sin corbata...", bromea.
Ataviado con una chaqueta del color de los tejados, y envuelto por las correas de sus dos Polaroid instantáneas, se da modos para sacar de un bolsillo un pequeño álbum con sus más preciados tesoros. Esas imágenes resumen algo así como su hoja de vida: figuras religiosas, niños ahuyentando palomas, postales coloniales, un policía metropolitano posando, con la iglesia de San Francisco como fondo... Sabe con certeza cuál de sus cámaras fotografió cada estampa.
Evoca, aunque no se da tiempo para la nostalgia. Está por cumplir 63 años, pero en su cédula de identidad aparece como si hubiera nacido en 1940. "La conseguí para que me crean que soy de la tercera edad cuando voy a los bancos, no ve que como soy solterito estoy bien conservado, parezco más joven", se justifica y ríe a carcajadas, con picardía de quiteño.
Sus manos ya tiemblan. Pero el retrato que obtiene de Anahí no muestra el más mínimo movimiento. Por un dólar y medio, ella y su sueño quedan para siempre en ese instante invisible que solo la cámara puede atrapar, entre la magia de sus párpados.
Los ojos de las mujeres nacieron tan sabios que tienen de su lado a la indiferencia y al deseo, y con ellos juegan sobre cualquier tablero que no se muestre carnal y sensible. Con las pestañas mueven las fichas por los casilleros deformes del dolor, aun seguros de la victoria. Los ojos con pupilas velan por la indiferencia. Los ojos con areolas clavan miradas que no aprendieron jamás a parpadear.
LA CUERDA DE ARENA
Comprendió que el empeño de moldear
la materia incoherente y vertiginosa de que
se componen los sueños es el más arduo
que puede acometer un varón,
aunque penetre todos los enigmas
del orden superior e inferior:
mucho más arduo que tejer una cuerda de arena
o que amonedar el viento sin cara.
(Jorge Luis Borges. Las Ruinas Circulares)
Para empezar a tejer una cuerda de arena es necesario deshilachar las hebras que serán usadas, y, como las dunas de los desiertos no son lo mismo que las playas, y las playas de mar no son iguales a las playas de río, hay que saber elegir de qué tipo de arena se extraerá el hilo que se usará para formar las fibras apropiadas.
La única manera de tomar una decisión es harto compleja (he aquí lo arduo de tejer una cuerda de arena). Se debe andar la arena seleccionada y dejar las huellas de los pasos andados sin mirar atrás. Tan solo andar la arena y no medir la distancia que queda entre cada paso. Si se ha elegido la arena de un desierto, la caminata debe ser durante el sueño, lo cual permitirá contrarrestar el calor y el viento sin cara. Debe dejarse en completa libertad a la imaginación para que aviente a su antojo las alucinaciones que se produzcan, se la debe dejar andar de la mano de los hologramas que aparecerán y jugar con los fantasmas del desierto, con sus reptiles y sus doncellas.
Si se trata de una playa, habrá que recorrerla hasta que en el camino se interponga un gran acantilado, un peñasco o cualquier otro obstáculo innegablemente infranqueable. Esto sucederá únicamente en el plano consciente, en la vigilia. Existe la posibilidad de que la interrupción del recorrido la produzcan seres imaginados durante momentos previos de sueño, criaturas que (está de más decirlo) serán absolutamente reales, tangibles y capaces de hacer daño, aun cuando estas hayan sido soñadas y muertas dentro de la ilusión del sueño; serán la quintaesencia tangible de los sueños acumulados desde el instante de la concepción. Si esto ocurriera, jamás se deberá mirar atrás, suele ser esta una reacción inmediata, producto del primer instinto, pero es imprescindible controlar ese impulso y mirar a los ojos del engendro, por abominable que fuera. Permanecer quieto donde se dio el último paso, mirar a los ojos a la bestia y tararear una canción popular, de preferencia infantil. De lo contrario, el hilo en formación se enredará en ese lugar y será imposible desatar tal nudo.
Al cabo de este recorrido de ida, y solo entonces, habrá que volver la mirada y emprender el regreso pisando entre cada huella dejada. Si el esfuerzo es mínimo en los primeros pasos de este retorno, seguro la labor será al final exitosa y habrá sido adecuada la selección de aquella arena. Se andará la arena sobre los pasos de ida, sin tocarlos, hasta cuando por el transcurso del tiempo las primeras huellas hayan desaparecido. Cada puntada de las hebras se hilvanará con las huellas mirándose de frente. Esta unión no puede destruirse con la marea de los mares ni con los vientos sin cara de los desiertos.
Muchos artesanos constructores de cuerdas de arena han consagrado sus obras en objetos eternos, en seres sublimes o en historias que permanecen vivas en la memoria colectiva de los hombres por generaciones. Porque al cabo del trabajo, mirando de nuevo hacia atrás, se podrá recoger la cuerda formada e imaginar lo que le hiciera falta: colores, movimiento, voz, estrellas, luz, palabras o melodías, nombres...
De cuerdas de arena son el arcoiris, los colibríes, la oda al vino, la marimba y los haikus. También las hamacas, las cascadas, las lágrimas por placer y todos los saudades. Macondo, Las Mil y una Noches y el humo de tabaco negro. El gran ombligo de las guitarras lleva siempre como adorno una pequeña cuerda de arena. Hay quienes aseguran que la sensación que provocan los susurros al oído son de las más perfectas cuerdas de arena que se han tejido, igual que el aroma de las madres y los infinitos perfumes del amor carnal. Recuerdo que la primera cuerda de arena que hice en mi vida de hombre, cuando aprendí a tomar rayos de luna, fue la trenza de una mujer que soñé.
El índice apretó el gatillo por culpa de un sobresalto fugaz, un espasmo que le provocó el escándalo de su sangre y el latido aquél, tan fuerte que era como si todas las venas se hubieran inflamado de golpe. La bocina del teléfono quedó colgada del espiralado cable. El revólver cayó sobre el piso de madera y rodó dando vueltas hasta quedar humeante debajo del sofá.
Se echó a correr por el pasillo del piso siete y detrás de sí dejó las puertas abiertas bamboleándose y cantando el quejido del óxido. Con el mismo índice de su mano temblorosa apretó el botón para llamar al ascensor. La espera se prolongó por un minuto sin segundos ni tic tac y las lucecitas numeradas que le separaban de esa cabina de metal se volvieron caprichosas y crueles. Durante esa eternidad se le heló el cogote y se le amortiguaron los brazos. No era ya posible controlar ningún movimiento, ninguno de sus miembros respondía las órdenes caóticas de su cerebro. Nadie salió de los apartamentos vecinos.
Apretó con insistencia el botón como si así pudiera lograr que el ascensor llegara más pronto. El chillido de la última puerta que dejó abierta permanecía en el ambiente, vivo, irónico. La tercera luz se encendió con pereza y se apagó con esa misma pereza. La cuarta se apuró y atropelló a la quinta, le hizo parpadear y ya sus dedos casi paralizados no eran capaces de oprimir el pequeño círculo con precisión. Esperaba que nadie estuviera dentro cuando se abrieran las puertas gemelas. Sabía que su apariencia podría exaltar a cualquiera, no cabría duda de que fue él el responsable del disparo; sentía que sus labios estaban vencidos por la gravedad y que sus ojos abiertos se clavarían incisivos en cualquiera que lo mirara, y eso lo delataría, sin dudas. La sexta luz pareció comprender su desesperación y se apagó enseguida.
Se iluminó la séptima. Las puertas descargaron un ruido de chatarra que lo ensordeció. Se movieron y sin que terminaran de abrirse, escurrió sus pies y éstos remolcaron el resto de su cuerpo hacia adentro del elevador. El corpulento forense, en primer plano, salió con prisa. Él evitó mirar a los ojos del oficial y se arrinconó en una esquina de la celda que por fin lo llevaría al subsuelo, y mientras las portezuelas se cerraban, dejándolo solo dentro de ese sarcófago, vio cómo se alejaban también su mujer y su madre sin reconocerlo ni percatarse de su verdadera huida.
CLAROSCURO
Digamos que se llama Luz, que nació con su primer éxtasis y que murió en la lozanía de cuando yo la conocí. Antes de que los dos naciéramos, uno dentro del otro y ciegos.
FOTOMANÍA 1
Yo la veía con vehemencia, emocionado y con nudos atrapados en la garganta, casi con dolor; desde el lado izquierdo de la cama se acostaba a lo largo del espacio procurando no estropear ni el más imperceptible pliegue del cubrecama, dejando a su paso todas las cosas impregnadas con sus incontables cabellos claros, finísimos. Cuando recorría silenciosamente las figuras de arcilla y madera que reposan como adornos sobre los veladores, sin tocarlas, sin cambiarlas de posición, parecía moverlas un poco en roces eróticos; pero no, era solo la travesura de su beldad la que hacía ilusiones en mi mente.
Sin esfuerzos alcanzaba a abrazar todas las paredes, todas las esquinas, las grietas alrededor de los clavos de los que colgaban tres cuadros, los tablones del piso, las partículas de polvo de todos los muebles, las cortinas y el pequeño sofá; era encantadora. Si abría las puertas del armario, enseguida estaba adentro abrazando mis pantalones y mis camisas, si levantaba las sábanas para abrigarme, ella se deslizaba de inmediato hasta coquetear con mis muslos, con mi espalda descubierta o con mi pecho; insinuaba sensual que entraba en mis zapatos y en el aljibe de mi guitarra, en mis cajones abiertos a medias; en todos los libros que acariciaba quería esconderse, y también debajo de la cama, donde le gustaba jugar con mis ropas olvidadas, a discreción, disimulando su miedo a la oscuridad.
Cuando mi júbilo estuvo a punto de desvanecerme la sangre en temblores y escalofríos, me levanté para oprimir el interruptor.
FOTOMANÍA 2
Andan por ahí revoloteando a pesar del tiempo, del ruido, de la basura y de los movimientos telúricos. Bueno, no todos andan; podría asegurarles que aquello que con más precisión define su mecanismo de locomoción es el vuelo, aunque no tienen alas y nunca pisan tierra firme, cualidad que justificaría, comparativamente, dicho privilegio natural.
Han sido confundidos con objetos galácticos no identificados en el planeta, por su deslumbrante apariencia plateada. Han asegurado los escépticos que son una variedad de mosquitos que, por la composición de sus alas (hasta el momento inexplicable desde los postulados de la razón científica), reflejan la luz solar y la acumulan, de modo que cuando oscurece siguen brillando igual.
Muchos han fingido no verlos y han intentado explicarlos en la intimidad de sus soliloquios arguyendo que son producto de deficiencias visuales de los supuestos observadores, escasos por cierto; mientras que los más ancianos, sobre todo las mujeres adultas que han reconocido divisarlos, se han convencido de que no son otra cosa que las almitas vagabundas de los niños que han muerto.
En fin. Otra de las posiciones al respecto tiene que ver con la posibilidad de que no todos gozamos de la facultad sensorial necesaria para advertir su multitudinaria presencia en los claros del cielo o debajo de las nubes que anuncian tempestades.
Lo cierto es que, a pesar del elevado nivel de polémica suscitado alrededor del tema, ya se han registrado de manera extraoficial ciertos avistamientos que describen con singular precisión su comportamiento: casi siempre huyendo de las miradas perdidas de los hombres que divagan en busca de recuerdos o imaginando historias sobre seres fantásticos a quienes poder bautizar.
FOTOMANÍA 3
En el lenguaje de los lugareños son llamados cuchuflitos. Así, con diminutivo incorporado, como es costumbre llamar a los seres vivos o muertos que se juntan en numerosos grupos de semejantes, o a los seres adorables y vulnerables, lo cual en la mayoría de los casos significa lo mismo.
En el mundo de los científicos fueron bautizados con esos impersonales vocablos que suenan a medicamentos para domesticar a la depresión y que no vale la pena citar.
Recuerdo que un día de implacable verano, del cielo cayeron cientos de cuchuflitos cerca del estanque de la casa de campo de la abuela. Cuando el abuelo escuchó el silbido que produjo la múltiple precipitación, tomó su cámara fotográfica y corrió entre los sembradíos hacia la llanura donde, gracias a su instinto, sabía que habían descendido.
Aquella fue la quinta y última ocasión en la que el abuelo fue testigo de una caída de cuchuflitos cerca de su casa. Todas las veces anteriores intentó descubrir el lugar de la caída y nunca lo logró. Recorría kilómetros enteros en busca de los rastros de los cuchuflitos destrozados, intentaba seguir huellas de luces en los suelos y terminaba confundiendo los pedazos de latas y chatarras con pieles luminosas de cuchuflitos salpicados a lo largo de todo el terreno.
Había corrido el rumor de que cuando quedaban regadas las partes refulgentes de cuchuflitos en el campo, las tierras secas, con el paso del tiempo, reverdecían, las plantas frutales y los árboles se tornaban frondosos y cada fruto que fuera probado por un niño le servía de cura para lo que fuera. Hasta para el espanto, que es un mal muy común entre campesinos como mis abuelos. También decían que los relojes de las casas cercanas al lugar donde se estrellaban los cuchuflitos enloquecían para siempre luego del accidente.
Esta vez fue distinto. La cámara estaba lista años atrás, en espera del momento preciso. La abuela se había deshecho de todos los relojes de pared y de todos los que tuvieran manecillas para evitar perder la noción del tiempo cuando sucediera el hecho que esperaban todos en la aldea.
Llegado el momento, ella se apoyó debajo del umbral de la puerta y aguardó con sus dos manos juntas debajo del lado izquierdo de su rostro suave. Había sentido que el instante se aproximaba muy rápido pero estaba lista para enfrentarlo.
Al cabo de unos minutos, cuando había perdido de vista al abuelo, levantó su mirada hacia el cielo y prefirió seguir con sus ojos de miel el rumbo de los cuchuflitos que quedaban en el azul, consciente de que eso es imposible, pero segura de que así sería más llevadera la espera. Y lo fue. Desde que espera están en todos los rincones de la casa. Muchos de ellos bajaron para posarse en el cristal de la ventana que tiene la cocina. Se deslizan de abajo hacia arriba durante toda la mañana cuando hay sol.
Otros están extendidos en el piso de la sala, debajo de las alfombras y de las cinco mesitas de madera; se alimentan del viento que la abuela deja entrar cuando se despierta y abre la puerta principal. Hay unos que no pueden comer viento porque si lo hicieran se inflarían hasta no dejar espacio a los que no aprendieron a andar y solo vuelan. Algunos, más inquietos, se mezclan con el agua y saltan hacia todos los rincones de la casa fingiendo el movimiento de las manecillas de los relojes que ya no existen. Luego se elevan y vuelven a su estado natural en el cielo.
Cuando están allá arriba encienden sus flashes para fotografiar a mi abuela que posa y espera... después vuelven para acompañarla y mostrarle las imágenes en el papel amarillento que ponen en sus ojos.
(dcb)
sábado, 30 de septiembre de 2006
ESA GENTE QUE CANTA
Por Lucrecia Maldonado, leído en el recital Fantasmas Necesarios, Agosto 31 de 2006
tal vez todo empezó bajo la ducha
o /para los más convencionales aunque sea al principio/ en el coro o conjunto de la iglesia
en donde alegremente se cometía ese atropello por partida doble llamado “padrenuestro del silencio”
o se profanaba a bob dylan con esa horrible cosa llamada “saber que vendrás”
así
solo que después por suerte los vecinos no se quejaron
y el padrenuestro del silencio y el saber que vendrás se quedaron archivados en el cajón de tereques de la infancia
pero la música y su posibilidad de ser poema no se fueron
llegaron para quedarse
así como también los adorados ídolos malditos
después los sentimientos comenzaron a dibujarse en letras
y las lecturas más o menos prohibidas enriquecieron las mentes y las almas
más o menos así parecería que es
eso de devenir en una especie mago
que toma el barro cotidiano con su carga de lágrimas y de esperanza
y lo moldea hasta convertirlo en la escultura que después tarareamos los otros también bajo la ducha /nunca en misa por dios/
pero que más allá de todo le presta palabras y armonía
a la desarmonía cotidiana que quisiéramos también poder transformar en canción
a la incertidumbre que creemos que solamente se maneja en el silencio
a la soledad que juramos un patrimonio exclusivo de nuestro corazón crucificado en medio de ladrones
esa gente que canta
quizá no sabe que cuando nuestra voz se quiebra por la razón que sea
echamos mano de la suya
que cuando las palabras son esquivas para hablar de la sombra
su poesía calza en nuestra angustia
esa gente que canta y hace magia
/a veces injustamente olvidada en antiguos cajones de mudanzas
o recuperada por coleccionistas suertudos en baratillos de disqueras/
mira el mundo y advierte la inmundicia más allá de la farsa
y luego piensa y dice
sencillamente
palabras que no pasan
y que /según el libro sagrado/
si no hubiera quién las piense las sienta las invente y las cante
las piedras gritarían
o
para estar a tono
las piedras cantarían
eso mismo
Fantasmas necesarios (Lucrecia Maldonado)
FANTASMAS NECESARIOS *
la inevitable muerte
y su misterio
el amor
que aunque duele
permanece
el silencio
la sombra
los pasos que se alejan en la noche
los que se van con otros y con otras
sin saber que se quedan para siempre
el que regresa
y no nos reconoce
/o no reconocemos /
los padres
su nostalgia
la vida que no hicieron
y los viejos amores que dejaron
el llanto mal tragado
que todavía atenaza la garganta
la mano que soltamos
sintiéndonos morir
la flor que dura un día
el verso que creamos
y olvidamos
las perennes recetas de la abuela
el olor a café de cada tarde
los juguetes de cuerda
las historias de miedo
la fe
la sed
la nada
su secreto
y tú
que nunca llegas
* Título robado del de un concierto de Pancho Prado y Fabián Jarrín.
A través del cristal imaginario... (Pancho Prado)
de estos días oscuros observo el persistente girar
de ruedas nerviosas,
sombras de gente que camina
accidentalmente
casi sin saber a donde.
Imágenes vacías
que no encajan
con el color de mi capa,
mi sombrero
que ocultan mi gesto vergonzoso.
A través del laberinto imposible
de mi mente
corro desesperado
irremediablemente perdido
de un muro a otro
de un túnel a otro,
atormentado por habitar esta ciudad,
preguntándome, obsesivo
si algún día ella, sin caer en cuenta
podría matarme
o hacerme desaparecer
en sus inocentes telones. Y yo, aquí,
casi inhumano,
alienígena y licántropo
yo, sediento de vida y almas
en medio del naufragio matutino
yo, vampiro,
en Quito...


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